Obsesiones y preocupaciones: aprender a liberarnos de ellas

En este artículo veremos la diferencia entre las preocupaciones habituales y las que se vuelven excesivas, convirtiéndose en obsesiones. Haremos una lista de los temas que suelen dar pie a este tipo de rumiaciones. Veremos que son más comunes de lo que parece. En realidad, todos tenemos experiencia con estos procesos, pues muchas veces representan un intento de resolver una dificultad en nuestro camino. Descubriremos de dónde provienen. Muchas veces son una combinación de varios factores e influencias del entorno. Finalmente, aprenderemos algunos ejercicios y algunas pautas para manejarlas y averiguaremos qué hacer si éstos son insuficientes.
- ¿Qué son las obsesiones y las preocupaciones?
- Algunas definiciones
Las preocupaciones se relacionan con la inquietud o el temor de que algo desagradable suceda. De hecho, la RAE define la palabra “preocupar” como “ocuparse antes o anticipadamente de algo”. (https://dle.rae.es/). Las preocupaciones son comunes hasta cierto punto: es más habitual preocuparnos cuando nos encontramos con un problema que no sabemos resolver. También podemos inquietarnos cuando nos enfrentamos por primera vez a una situación y carecemos de experiencia previa. Por lo tanto, la preocupación nos permite anticiparnos a las dificultades que puedan surgir. Además, nos moviliza para buscar y pensar en opciones y soluciones. Preocuparnos nos permite prever. Por ejemplo, si sabemos que hay una huelga de autobuses, sentarnos con antelación para mirar de qué otros medios de transporte disponemos y cuánto tardaremos en llegar al trabajo con ellos puede ser una medida adaptativa. No obstante, el problema surge cuando la preocupación se vuelve excesiva. En este caso estaríamos hablando de obsesión.
La Asociación estadounidense de psiquiatría (APA por sus siglas en inglés) define la obsesión como “un pensamiento, idea, imagen o impulso recurrentes que se experimentan como intrusivos o inapropiados y que desembocan en una pronunciada ansiedad, angustia o malestar”. Así pues, cuando una persona cae presa de la obsesión, encuentra muchas dificultades para soltar ese pensamiento, impulso, imagen o idea. En lugar de dejarlo ir, le da vueltas constantemente, rumiándolo. Esto desemboca en angustia o malestar, porque le impide concentrarse en su día a día o en el momento presente. De ahí que muchas obsesiones conlleven compulsiones en un intento de contrarrestarlas. Las compulsiones son pequeños rituales que se impone la persona para tratar de disminuir la obsesión. Por ejemplo, lavarse a menudo las manos para evitar la preocupación con los gérmenes, tocar ciertos objetos un determinado número de veces para evitar que nos suceda una desgracia o revisar un documento múltiples veces para asegurarnos de que no hemos cometido ningún error.
- Tipos de obsesiones y preocupaciones
A pesar de que cada persona es un mundo, en la consulta psicológica nos encontramos con temáticas recurrentes respecto a la obsesión:
-Necesidad de orden: la persona necesita que todo tenga un orden determinado. Por ejemplo: los cuadros han de estar colgados de forma perfectamente simétrica. Otro ejemplo es que sus objetos estén colocados en un determinado lugar de su mesa de trabajo con una posición exacta.
-Acumulación: a la persona le preocupa que alguna vez le falte algo. Está convencida de que en un momento próximo o lejano podrá necesitar algún libro u objeto. Así pues, no tira ni dona nada. A la larga, acaba acumulando demasiadas cosas en su casa.
-La limpieza: la persona teme contagiarse de gérmenes o contaminarse de suciedad. Para paliar la angustia, se lava las manos y desinfecta objetos constantemente.
-El sexo: aparecen contenidos sexuales en la mente que la persona considera blasfemos o condenables. A veces esta obsesión puede relacionarse con la de la limpieza.
-La rabia: la persona tiene pensamientos intrusivos de hacer daño a otros o de dañarse a sí misma. Por ejemplo, madres que tienen miedo de dañar a su bebé. También hay personas que sienten el impulso de tirarse por la terraza o la ventana.
-Cometer errores: la persona busca cumplir con sus tareas a la perfección. El objetivo es prevenir críticas, reproches o humillaciones de otros. Por lo tanto, revisa su trabajo tantas veces que al final le consume mucha energía y tiempo.
-Las sensaciones corporales: la persona se preocupa por su salud y no sabe interpretar lo que sucede en su cuerpo. Por consiguiente, cada vez que nota un pinchazo o una pequeña sensación, teme que sea una enfermedad grave como un cáncer.
-La muerte: la persona piensa constantemente en la muerte. Se asusta ante la idea de tener un accidente o que la gente de su entorno sufra alguna desgracia. A veces se calma evitando ciertos medios de transporte o presionando a sus allegados para que lo eviten.

- Una problemática más habitual de lo que parece
A la larga, las obsesiones y preocupaciones excesivas pueden acarrear problemas, no sólo con uno mismo sino también con los demás. En la consulta nos encontramos con personas que se quejan de que las obsesiones no les permiten hacer cosas sencillas. Les impiden estudiar, centrarse en las conversaciones con sus seres queridos o disfrutar de una serie. Muchas veces esas rumiaciones suponen un enorme consumo de tiempo y de energía. Por lo tanto, la persona se siente agotada mentalmente. Además, las obsesiones vienen a veces acompañadas de trastornos afectivos como la ansiedad y la depresión. Por si fuera poco, al entorno le cuesta comprender tanta preocupación. Al principio los amigos y familiares intentan ayudar como pueden y saben. Sin embargo, si la obsesión perdura, se sienten impotentes y abatidos. Se frustran y desde ese sufrimiento emiten reproches y juicios. Al final, eso lleva a que la persona se sienta aislada y se tilde a sí misma de “rara”.
Desde aquí queremos hacer hincapié en que las obsesiones son más comunes de lo que parece. Todos le hemos dado vueltas a un tema en un momento u otro. Por ejemplo, cuando un jefe se ha enfadado con nosotros en el trabajo por un error que hemos cometido. En otras ocasiones, pensamos una y otra vez en qué ha podido pasar cuando nos deja una pareja con la que creíamos que la relación iba bien. También repasamos una y otra vez las conversaciones que consideramos que no han ido bien. Por ejemplo, cuando nos hemos dejado presionar y hemos accedido a hacer algo que en realidad no queríamos hacer. Del mismo modo, todos tenemos la experiencia de necesitar hablar una y otra vez del asunto que nos preocupa. Al principio los amigos y familiares se muestran dispuestos a escuchar y ayudar. Sin embargo, después de un tiempo acaban tan saturados con nuestra repetición que nos piden que dejemos el tema.
2. ¿Cómo surgen las obsesiones?
2.1. Las preocupaciones como intento de resolución
En un primer momento, dedicar un tiempo a reflexionar sobre temas que pueden convertirse en un problema tiene su sentido. Si hemos de tomar una decisión importante que va a afectar a nuestra vida y la de nuestra familia como un cambio de trabajo o la compra de una casa, queremos estar lo más seguros posible de que optaremos por el camino que nos traiga el mayor bienestar. Así mismo, repasar nuestro trabajo permite evitar errores graves. Reflexionar sobre lo que ha llevado a la ruptura de pareja puede arrojar luz sobre patrones de conducta que necesitamos enmendar. Por consiguiente, las obsesiones tienen un objetivo. Darle muchas vueltas a un tema es un intento de prevenir que suceda un problema. Y si sucede, nos sentiremos preparados a la hora de reaccionar. También es un intento de que no vuelvan a repetirse ciertas experiencias dolorosas. En ese sentido, reflexionar nos dota de cierta seguridad.
El problema surge cuando la búsqueda de seguridad se vuelve adictiva. Por ejemplo: la persona revisa su trabajo y comprueba que no ha cometido ningún error. Eso le da seguridad y confianza. Pero al cabo de unos minutos empieza a dudar. ¿Y si se le ha olvidado algo? Así pues, la trampa de la obsesión es que nos promete dotarnos de tranquilidad de espíritu. Sin embargo, en realidad, hace todo lo contrario. Nos plantea múltiples escenarios catastróficos. Nos hace dudar de nuestra percepción de la realidad. De este modo, en lugar de tranquilizarnos, nos aterrorizamos. Uno se obsesiona desde el deseo de controlar las distintas situaciones que se le presenten en la vida porque así se siente más seguro. El problema es que en la vida hay muchas cosas – demasiadas – que escapan a nuestro control. Por lo tanto, necesitamos aprender a vivir con ello.

2.2. El pensamiento mágico infantil
¿De dónde viene esta necesidad de control? Una explicación puede venir de la observación de nuestra niñez. El psicólogo Jean Piaget se dedicó a estudiar la infancia. Detectó distintas etapas en el desarrollo cognitivo de los niños a medida que su cerebro maduraba. En una de las etapas, más en concreto, desde los 2 hasta los 7 años encontró un tipo de pensamiento que es el pensamiento mágico infantil. En esa etapa, el cerebro del niño acumula muchos conocimientos. Sin embargo aún no está lo bastante maduro para comprender complejidad del mundo, de modo que se forja sus propias explicaciones, mucho más sencillas. Por consiguiente, se trata de un intento de explicar lo que pasa por dentro y por fuera conectando eventos que en realidad no están ligados entre sí. A la vez, eso le dota de una falsa sensación de seguridad, pues le hace pensar que controla su entorno.
A esas edades nos encontramos con explicaciones fantasiosas y creativas de los niños. Por ejemplo, creen que sus deseos se cumplirán si consiguen cruzar el paso de peatones sin pisar las franjas blancas. Así mismo, otros piensan que si revisan diez veces los deberes, evitarán las discusiones entre papá y mamá. De ese modo, los niños y niñas buscan tranquilizarse. Se convencen de que tienen cierto poder para encauzar lo que no va bien en su entorno. El creer que depende de ellos que se solucionen los problemas les ayuda a calmar su angustia.
Cuando todo va bien en el desarrollo emocional del niño, éste comprende que no tiene tanto control como creía. Sin embargo, eso no le supone un problema porque sabe que cuenta con gente con la que hablar de sus miedos para gestionarlos. En cambio, otros niños se quedan atrapados en la obsesión ya que no han tenido la oportunidad de aprender una mejor opción.
2.3. Las obsesiones como un aprendizaje
No hay que subestimar la influencia del entorno en nuestro aprendizaje de la obsesión como una manera adaptativa de abordar los problemas. Por ejemplo, ¿cuántas veces hemos visto en series y películas policiacas a protagonistas que se obsesionan tanto con un caso que dejan de lado a su familia o su bienestar personal con tal de resolverlo? En nuestra sociedad occidental, se valoran mucho los buenos resultados. Nos enseñan a pensar y a actuar buscando la perfección. En cambio no se enfatiza tanto la importancia de sentir y de conectar con quienes somos. Por otro lado, siguen existiendo muchas familias cuyos particulares valores – a veces basados en una concepción quizás demasiado estricta de la religión – valoran características como la pureza o la bondad. Como resultado, la persona tiene dificultades con sus impulsos rabiosos o de naturaleza sexual. La obsesión puede leerse como un intento de sacar esa parte de su personalidad.
A veces aprendemos a obsesionarnos como respuesta a padres exigentes y perfeccionistas que siempre han esperado mucho de nosotros. Los mensajes de perfección pueden ser explícitos. Por ejemplo: “¿Has sacado un notable? ¿Y tu amigo, qué ha sacado? ¿Y cómo es que ha conseguido un sobresaliente y tú solo un notable?” Del mismo modo, preguntas tan sencillas como: “¿Un notable? ¿Y qué te ha pasado?” también denotan cierta exigencia. Otras veces los mensajes son más sibilinos: un niño le enseña un dibujo a su padre. Este le dice que está bien. Sin embargo, a continuación coge un lápiz y corrige algo. Por consiguiente, el niño se queda con el mensaje de que tenía que haberlo hecho mejor. En otras ocasiones, los padres no le exigen nada al niño. En cambio, presentan comportamientos obsesivos como limpiar en exceso. Así, el niño lo aprende por observación. En cualquier caso, ya sea por las expectativas de nuestros padres o simplemente por imitación inconsciente, interiorizamos ciertos procesos obsesivos.
3. Claves para liberarnos de las obsesiones

3.1. En lugar de luchar, alíate con ellas
Cuando nos acecha una obsesión, el instinto nos pide luchar contra ella. Así pues, nos decimos cosas como: “Deja de pensar en tu ex pareja y ponte a estudiar”, “no pienses en imágenes sexuales”. ¡Y esa es precisamente la trampa! Si yo te digo “no pienses en un elefante rosa” ¿qué es lo primero que te viene a la mente? En mi experiencia, es preferible contemplar la obsesión como un síntoma que quiere contarnos algo de nosotros mismos. Por lo tanto, podemos escribir aquello que nos preocupa o dibujarlo. A veces el mero hecho de ponerlo fuera ayuda a apaciguar el miedo. En el caso de pensamientos catastrofistas, podemos apuntarlos en un cuaderno y leerlos de vez en cuando. Muchas veces descubriremos que la mayoría de las situaciones que temíamos no se han cumplido, tal y como comentaba hace tiempo un artículo de El País. Eso ayuda a volver a la realidad cuando volvemos a tener una preocupación.
Muchas veces la obsesión anticipa algo que en realidad ya pasó y que no queremos que vuelva a suceder. En ese sentido, nos puede ayudar hacernos conscientes de cuál es nuestro temor. Después podemos mirar hacia el pasado para ver si ya nos ocurrió una vez. Si tememos una humillación en público, podemos preguntarnos por las humillaciones que hemos vivido en el colegio o en el entorno familiar. Del mismo modo, podemos dejar que nuestra mente divague y haga asociaciones. Sin embargo, hemos de tener en cuenta que la respuesta no tiene por qué saltar a primera vista. A veces nuestros miedos no se refieren a cosas que hemos vivido en primera persona. También podemos asustarnos por humillaciones o desgracias que les han sucedido a otros. Si de niños hemos tenido familiares con cáncer y no hemos podido poner en palabras las emociones que aquellas experiencias suscitaron, es posible que más adelante se manifiesten en la forma de preocupaciones excesivas.
3.2. Buscar información que se adecúe a la realidad
Cuando comenzamos a imaginarnos escenarios catastróficos y pensamos que cualquier pequeña señal en nuestro cuerpo es sinónimo de una enfermedad grave o nos convencemos de que nuestro jefe nos va a echar por cometer el más ínfimo error en nuestro trabajo, es fácil que se desdibuje la fina línea que a veces separa nuestra fantasía de la realidad. Como resultado, acabamos dialogando con nosotros mismos. Tratamos de dilucidar hasta qué punto nuestros miedos son fundados. Esto suele llevar a conversaciones interiores sin fin. Por lo tanto, es recomendable buscar información. No se trata de mirar en Internet y creernos todo lo que vemos sino de acudir a una fuente fiable. Si tememos que un pinchazo en el costado sea sinónimo de un tumor, podemos preguntar a nuestro médico de cabecera. Así mismo, si nos obsesionamos con que vamos a tener un accidente de avión, podemos mirar las estadísticas de cuál es la probabilidad real de que nos suceda. En cambio, si carecemos de información porque nos encontramos en una situación de incertidumbre – por ejemplo, a la espera de los resultados de unos análisis – puede funcionar el simplemente decirnos: “Aún no lo sé” y esperar a tener la información para reaccionar.
3.3. Y si falla todo lo anterior…
Hay veces que las preocupaciones y las obsesiones son tan numerosas o están tan presentes en nuestras vidas que aun utilizando los pequeños trucos anteriormente mencionados, la persona no consigue entenderlas ni reducirlas. En estos casos conviene acudir a una psicoterapia o incluso medicación si las obsesiones cursan con síntomas más severos. Algunas personas son reticentes a buscar ayuda profesional, quizás porque están tan convencidas de que sus síntomas son raros que les da vergüenza. Del mismo modo, otras dicen que lo suyo “no es para tanto”. Sin embargo, lo preferible es acudir cuanto antes para que no vayan a más. El que nos provoquen sufrimiento y no podamos manejarlas por nosotros mismos ya es razón suficiente. Si además consumen tanto tiempo y energía que nos causan problemas con el entorno y nos impiden llevar nuestra vida habitual, más razón todavía.
Los artículos en Internet y los libros ayudan dando pautas generales. No obstante, un terapeuta tiene la ventaja de tomar en cuenta nuestras particularidades y nuestra historia individual. El terapeuta tiene conocimientos y experiencia. Sabe qué preguntas hacernos y también donde buscar el significado profundo de nuestros síntomas. No juzga, ni condena, ni reprocha sino que crea un lugar seguro para que podamos profundizar en nuestro inconsciente. Y lo más importante de todo es que el terapeuta no nos deja solos frente a nuestras preocupaciones y obsesiones. Nos guía y nos acompaña desde el respeto y la compasión.
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