Sentirnos culpables por todo o cuando se desmadra nuestro juez interno

“La tensión entre las exigencias de la conciencia moral y las operaciones del yo es sentida como sentimiento de culpa”
Sigmund Freud
Este artículo acota qué es la culpa y a qué ámbitos nos remite. Sin duda, muchas personas batallan cada día con un sentimiento de culpa exagerado que no siempre es fácil de comprender. Primero, aprenderemos a diferenciar la culpa de la responsabilidad, dos términos que a menudo se confunden. Después veremos por qué alguien empieza a sentirse culpable y cómo se mantiene ese sentimiento. De esta manera, entenderemos mejor por qué nos sucede. Finalmente enumeraremos algunas preguntas que podemos hacernos para ayudarnos a explorar un poco más nuestro sentimiento de culpa cada vez que aparezca y así ponerle remedio.
1. Qué es la culpa
1. a.) Definición
Al acudir a la definición del diccionario de la RAE, vemos que hay varias acepciones. Si las resumiéramos, podríamos decir que la culpa se relaciona con una acción que hemos cometido y que conlleva unas consecuencias negativas, generalmente un daño o un perjuicio hacia otra persona. Así mismo, en la familia lingüística de la “culpa” encontramos la palabra “culpable”, asociada a los términos del derecho y la justicia. En nuestra sociedad existen una serie de leyes destinadas a facilitar la convivencia entre todos. Los tribunales son los encargados de velar por esas leyes sancionando a quienes las transgredan. Por tanto son también los que declaran a alguien inocente o culpable. Cuando es culpable, se le considera como el causante de unos hechos que han dañado a otra persona o a la sociedad. Por consiguiente, se le exige repararlos de una forma u otra.
Como parte del proceso de socialización, aprendemos desde niños a distinguir entre lo que está bien (ayudar a otros, ser honestos) y lo que está mal (mentir, robar, dañar a otras personas). Así que no sólo los tribunales juzgan. A menudo hemos aprendido a hacer lo propio con nosotros mismos. En este caso ya no se trata de ser culpable, sino de sentirse culpable. Y es que muchas veces, nosotros hemos creado casi sin darnos cuenta nuestro propio juez interno. Por un lado, eso está bien porque puede sernos útil a la hora de guiar nuestras acciones. Por otro lado, si nuestro sentimiento de culpa es tan exagerado que nada de lo que nos digan puede calmarlo, entonces es señal de que nuestro juez interno, esa brújula interna de lo que está bien o está mal, se ha desmadrado. No distingue entre el sentimiento de culpa y la responsabilidad verdadera.

1. b.) Sentirse culpable versus ser responsable
Lo primero es diferenciar el sentimiento de culpa de la verdadera responsabilidad. Como ambas expresiones tienen en común la idea de que se ha cometido un error o un daño que es necesario reparar, muchas personas confunden ambos conceptos. Por ejemplo, lo vemos en la persona que nos pide varias veces perdón por algo insignificante. También lo percibimos en alguien que sigue disculpándose aun cuando le hemos dicho que está todo bien. En este caso, el sentimiento de culpa es tan grande, que no le permite valorar la realidad objetiva, ni tener en cuenta la respuesta que le hemos dado de que para nosotros no ha sido tan grave. Es decir, esta persona sigue sintiéndose culpable aunque haya reparado el daño o aunque el resto de la gente no la considere responsable.
Al principio, cuando alguno de mis clientes me habla de sentimiento de culpa, le propongo que reflexionemos juntos sobre la culpa y la responsabilidad. Es interesante, porque habitualmente me encuentro con que les cuesta poner palabras a cada concepto y que no tienen claro que exista alguna diferencia. El concepto de responsabilidad es importante porque remite a un terreno más objetivo que tiene que ver con la capacidad de valorar correctamente si hemos creado un daño o un perjuicio. En caso de ser así, haremos lo que esté en nuestra mano para repararlo. En cambio, el sentimiento de culpa no es tan proactivo: lleva a la persona a machacarse por dentro o frente a otros. Sin embargo, eso no la hace ponerse en marcha para ofrecer una reparación o si lo hace, es de una manera en la que no tiene en cuenta la reacción de la otra persona.
¿Por qué sentimos tanta culpa?
2.a.) La aparición del juez interno
Desde que somos niños, nuestros padres, nuestra familia y la escuela nos enseñan lo que está bien y lo que está mal. Por ejemplo, nos dicen “No se pega a los otros niños” o “no les hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti”. Por consiguiente, aprendemos desde pequeños que si hacemos algo mal, habrá consecuencias negativas: nos quedaremos sin salir, nos pondrán más deberes o peor aún, recibiremos la desaprobación o la decepción de aquellos a quienes más queremos. Por supuesto, no se trata de culpar a los padres (sería irónico, dada la temática de este artículo). Al fin y al cabo, muchos de ellos no han hecho más que reproducir lo que hicieron con ellos las generaciones anteriores con el objetivo de enseñarles a poner a un lado sus instintos más primitivos y facilitar así la convivencia entre todos.
Sin embargo, es importante comprender el riesgo de este procedimiento. Puesto que el niño no quiere ser castigado ni sentir la desaprobación de sus padres, pone en marcha distintos mecanismos para evitarlo. Uno de ellos es la creación de un juez interno que, basándose en lo que ha visto en su entorno, le guiará sobre lo que está bien y lo que está mal. A diferencia de los jueces que trabajan en los tribunales y que conocen los entresijos del derecho y las leyes, ese juez interno ha sido creado por la mente de un niño que aún no entiende del todo la complejidad de sus propias emociones ni por qué hace lo que hace. Esto implica que tampoco podrá distinguir entre la responsabilidad y el sentimiento de culpa. Por tanto, ahí es donde empiezan los problemas.
2.b.) El desfase entre el juez interno y la realidad
La mayoría de las veces los actos que los adultos consideran punibles tienen que ver con la dificultad de los niños para controlar sus instintos naturales. El niño pega a otros porque está rabioso. Se come todas las galletas del tarro que mamá había comprado para recibir a sus invitados simplemente porque están deliciosas. Muchos padres no son capaces de ver eso, probablemente porque también ellos fueron educados a través del castigo en vez de la empatía y la comprensión. El problema es que la mente del niño aún no está lo suficientemente madura como para explicar sus motivaciones ni cuestionar la interpretación que hacen los padres de su conducta. Por lo tanto, los castigos y las desaprobaciones de los adultos alimentan directamente su juez interno.
Por supuesto, los jueces internos difieren entre sí. No todos son igual de racionales. Tampoco tienen por qué coincidir en los valores importantes, las normas a respetar, la dureza del juicio o la gravedad de la culpa. En cambio está claro que cuánto más duro sea el juez, más fácil será que la persona conecte con un sentimiento de culpa. Entonces, ¿qué influye en el tipo de juez interno que tenemos? Una clave importante es recordar que la mayoría de ellos fueron creados inconscientemente por la mente de un niño, donde las cosas son todo o nada, blancas o negras, buenas o malas. Por tanto, no se puede esperar que esos jueces internos atiendan a las complejidades y los matices de las emociones y la psique. Esto en parte tiene que ver con el hecho de que el niño no haya tenido un adulto con el que explorar dichas complejidades.
2.c. La importancia de la relación con los padres
Otra clave reside en la relación que hemos tenido con nuestros padres. Muchos de ellos nunca aprendieron a identificar sus emociones ni a reflexionar sobre sus motivaciones a la hora de actuar. Así pues, ¿cómo pueden ayudar a su hijo a entender por qué ha pegado a otro niño? No pueden sentarse con él para empatizar con sus sentimientos, ni explicarle que el impulso de pegar indica que está enfadado, ni explorar con él las causas de su enfado. A lo mejor el otro niño le ha quitado su juguete o ha dicho algo malo sobre él que le ha dolido mucho. El resultado es que tampoco se le ofrecen al niño alternativas, como que en vez de pegar pruebe a dialogar con el otro niño y explicarle lo que siente. Lo único que se le dice es: “eso no se hace” y el niño tiene que apañárselas solo la siguiente vez.
En otras ocasiones, la causa es mucho más directa. El niño puede haber tenido un progenitor que constantemente se culpaba a sí mismo. Por lo tanto, inconscientemente aprendió que “eso es lo que hacen las buenas personas”. También existen padres que alivian su sentimiento de culpa trasladándoselo al hijo. Por ejemplo, puede ser que una madre estresada le deje su móvil a su hija para que juegue con él y así tener un momento de tranquilidad. Después cuando recupera el móvil y éste ha dejado de funcionar, acusa a la hija de haberlo roto. En ningún momento asume la responsabilidad de haber dejado su móvil en manos de una niña que no tiene edad para saber lo que está haciendo. Si este tipo de interacciones ocurren muy a menudo, es probable que la niña aprenda que tiene la culpa de cosas de las que en realidad no es tan responsable.
2.d.) Factores de mantenimiento
Ahora que hemos visto cómo se gesta el sentimiento de culpa en un niño, surgen nuevas preguntas. ¿Qué lo mantiene en la edad adulta? ¿Por qué seguimos con él ahora que hemos crecido y que las experiencias vividas nos otorgan una mayor capacidad para detectar los matices de cada situación y cada relación? ¿Por qué nuestro juez interno parece no haber crecido con nosotros, sino que se ha quedado anclado en una mentalidad infantil? En realidad, la respuesta es sencilla aunque entraña complicaciones: nuestro juez interno no es racional, no atiende a los pensamientos sino a las emociones. En efecto, a menudo existen ciertas ventajas ocultas que dificultan nuestra capacidad para liberarnos de la culpa. Algunas de ellas tienen que ver con la identidad, el control, la lealtad, el reconocimiento o la evitación de sentimientos más profundos. A continuación las explicamos con más detalle:
-Identidad: creencias como “lo hago todo mal” nos cuentan la historia de quiénes somos. Si no conocemos otras facetas de nuestra personalidad, quizás sintamos que perderíamos nuestra identidad al dejar la culpa atrás.
-Control: creencias como “hago daño a la gente” nos hacen sentir culpables pero también nos proporcionan una guía sobre como relacionarnos con los demás, dándonos una sensación de control.
-Lealtad: sentirnos tan culpables como un progenitor puede ser una forma inconsciente de estar cerca de él. Renunciar al sentimiento de culpa implicaría una dolorosa separación de ese progenitor.
-Reconocimiento: algunas personas se relacionan mediante la culpa. Así consiguen que otros les digan cosas positivas. A veces, es una de las pocas maneras que conocen para reforzar su autoestima.
-Evitación: quedarnos anclados en la culpa nos protege de enfrentarnos a otras emociones dolorosas o de tomar una responsabilidad que asusta, como por ejemplo, ser rechazados si nos aventuramos a pedir perdón.
¿Cómo solucionar nuestros sentimientos de culpa?
3.a.) Ideas y preguntas para reflexionar
A continuación se plantean algunas preguntas que quizás puedan ayudar a reflexionar sobre nuestros sentimientos de culpa con el objetivo de transformarlos en una puerta para aprender más sobre nosotros mismos. Es posible que no obtengamos todas las respuestas que querríamos pero puede ser un buen punto de partida. Lo recomendable es tomarnos un tiempo para sentarnos en un lugar tranquilo que nos permita concentrarnos y reflexionar. Podemos responder a estas preguntas en soledad. Sin embargo, como no siempre resulta fácil ser objetivos con nosotros mismos podemos pedir la colaboración de un buen amigo/a o un familiar con el que haya confianza. A veces una mirada externa puede aportar datos nuevos así como una perspectiva diferente y enriquecedora. Otra opción es combinar las dos sugerencias: primero podemos responder por nuestra cuenta y después comparar nuestras respuestas con la opinión de alguien que nos conozca bien.
-¿Diría que soy una persona que tiende a sentirse culpable desde siempre?
-¿Quién sería yo si no me sintiese culpable? ¿Forma la culpa parte de mi identidad?
-¿En mi familia hay alguien que tiende a sentirse culpable?
-¿Estoy evitando sentir alguna emoción a través de la culpa? Si la respuesta es sí, ¿qué me facilitaría sentir esa emoción? ¿La presencia de algún amigo/a? ¿El aceptarme a mí mismo/a? ¿Perdonarme a mí mismo/a?
-¿Con la información que tenía en aquel momento, cuando no podía imaginar que las cosas acabarían así de mal, realmente podía hacer algo diferente?
-¿He asumido mi responsabilidad reparando el daño que he causado? Es decir, ¿la persona a la que he perjudicado me ha asegurado que todo está bien entre nosotros?
-¿Hasta dónde llega mi nivel de responsabilidad? ¿La otra persona está asumiendo la suya o evita hacerlo echándome la culpa a mí? Si es así, ¿quiero fomentar eso?
-¿Cómo actuaría yo en esta situación si no sintiese tanta culpa? ¿Haría algo diferente? Si la respuesta es sí, ¿qué pasa en mi interior cuando me visualizo haciendo algo diferente?

3.b.) Ir más allá del sentimiento de culpa
A veces pararnos unos instantes y darnos un espacio para reflexionar sobre nosotros mismos y responder a determinadas preguntas puede ofrecernos algunas respuestas útiles pero insuficientes. Quizás esas respuestas alivien el sentimiento de culpa pero no lo eliminen del todo. Esto no es inhabitual, puesto que, como decíamos antes, a veces el hábito de sentir culpa se origina en la infancia. Si llevamos años conviviendo con esto, expulsarlo de nuestras vidas puede llevar un tiempo. En otras ocasiones, estamos cargando con la culpa que alguien nos ha colocado y no nos resulta fácil verlo. Cuando llevamos en nuestro interior un juez inventado por nuestra mente infantil, ver hasta dónde llega nuestra responsabilidad y dónde empieza la del otro puede ser una tarea complicada. En estos casos, quizás queramos recurrir a una ayuda externa como la de un psicólogo.
Los psicólogos estamos familiarizados con el sentimiento de culpa. Por lo tanto, acudir a él ofrece varias ventajas:
-El psicólogo proporciona un encuentro interactivo. Eso permite adaptar las preguntas y las explicaciones a la persona que acude a consulta, en función de su carácter, su historia, sus anhelos y sus dificultades.
-Como tiene experiencia en identificar lo que nos mantiene anclados a la culpa, puede ofrecernos una perspectiva más fiable.
-Tiene la habilidad necesaria para hacernos preguntas relevantes que nos permitan conocernos con más profundidad y entender mejor de donde viene nuestro sentimiento de culpa.
-También posee diversas herramientas para trabajar las emociones que están tapadas por la culpa y a las que puede resultar abrumador enfrentarnos solos, sin nadie que nos acompañe.
-Por último: ¡un psicólogo nunca, nunca, jamás nos juzgará tan duramente como nuestro juez interno!
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